Quando relacionamos os termos “Cortázar” e “música” normalmente pensamos no jazz, em figuras como Duke Ellington, Charlie Parker ou Earl Hines que surgem em “Rayuela” ou "O perseguidor".
Mas Cortázar não era simplesmente o típico sul-americano radicado em Paris, berço da cultura europeia e desenraizado do seu próprio país, que se decidiu definitivamente pela civilização na disputa clássica da América espanhola entre civilização e barbárie. Cortázar, como muitos outros, é um sul-americano que se debate entre o amor pela sua pátria e a cultura cosmopolita europeia. Este conflito desenvolve-se em “Rayuela”, e não esqueçamos que, para Cortázar, a Argentina era o lado de cá e Paris era o lado de lá.
Mas não se pode dizer que Cortázar esquecesse por completo a sua pátria, e um bom exemplo disso é o seu conto "Torito". E evidentemente, Cortázar também não esquecia os tangos.
Em 1953, quando já vivia em Paris, uns amigos deixaram a Cortázar um gira-discos e uns discos de Carlos Gardel. A partir dessa experiência, Cortázar evoca Gardel num belo texto cheio de nostalgia e ternura. Para Cortázar só existe uma forma de ouvir Gardel, não ao vivo, mas através de um velho gira-discos, em discos gastos, acariciados pela agulha, em noites de verão, e sorvendo um mate.
Julio Cortázar tem um disco de tangos junto com Edgardo Cantón e interpretados por Juan Cedrón, editado em 1980 e reeditado em 1995 com o título “Trottoirs de Buenos Aires”.
Traduzido do blog Cortazario
La Cruz del Sur
Vos ves la Cruz del Sur
y respirás el verano con su olor a duraznos
y caminás de noche mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires, por ese siempre mismo Buenos Aires.
Extraño la Cruz del Sur
cuando la sed me hace alzar la cabeza
para beber tu vino negro, rnedianoche.
Y extraño las esquinas con almacenes dormilones
donde el perfume de la yerba
tiembla en la piel del aire.
Extraño tu voz,
tu caminar conmigo por la ciudad.
Comprender que eso está siempre allá
como un bolsillo donde a cada rato
la mano busca una moneda, el peine, llaves,
la mano infatigable de una oscura memoria
que recuenta sus muertos.
La Cruz del Sur, el mate amargo
y las voces de amigos
usándose con otros.
Me duele un tiempo amargo
Ileno de perros y desgracia
la agazapada convicción de que volver es vano.
Comprender que un mar es más que un mar,
que la muerte se viste de distancia
para llegar de a poco, lenta, interminable,
como una melodía que se resuelve al fin
en humo de silencio.
Extraño ese callejón
que se perdía en el campo y el cielo
con sauces y caballos y algo como un sueño.
Y me duelen los nombres de cada cosa
que hoy me falta,
como me duele estar tan lejos
de tu caricias y de tus labios.
Extraño tu voz
tu caminar
conmigo por la ciudad.
Julio Cortázar
Música: Edgardo Cantón